aprobación de todas sus compañeras.
Un mes después, ya sabemos que había mucha prisa, Chila puso una condición:
Nadie puede probar los dulces hasta que yo vuelva con el abrelatas.
-¿Me lo juran? -Sí, contestaron todas... pasados dos meses. Tenían mucho afán en continuar el paseo.
Ya habían transcurrido cinco años y las tortugas empezaron a mirar los dulces con apetito, pero habían jurado no probarlos mientras Chila iba por el abrelatas. Y Chila como era de querida, Chila como era de sacrificada, imposible faltarle a Chila. A los 6 años ya no se aguantaban más y una dijo:
-Probemos sólo un poquito y le guardamos a Chila el pedazo más grande.
Al año otra se precipitó a unirse a su
compañera. Como el hambre apremiaba, un año después... ya todas estaban de acuerdo... sólo una
pruebita...
-Tú, mete el dedo primero, le dijeron a la más respetable, tal vez por su edad: 780 años, recién cumpliditos.
Ella se precipitó a meter el dedo... 20 días después. Cuando se chupaba el dedo, casi simultáneamente... a los dos días... salió Chila del matorral vecino:
¡¡Ah!!, sí, ya sabía que no cumplían su palabra. ¡¡¡YA NO VOY POR EL ABRELATAS!!!